Crónicas de un guionista

 

Tan solo podía pintar en blanco y negro. Los colores se habían ido. Me habían abandonado y me asaltó el temor, de que fuera para siempre.

 

Volví la cabeza hacia el altar. La llama de las velas se proyectaba como puntitos de luz tras mis párpados relajados. Y entonces, las chispas provocaron un incendio.

 

Letras doradas se juntan formando frases escritas en la lengua de una antigua civilización. Se tornan grises, hasta cobrar el tono de la piedra sobre la que estaban escritas. Cambian. El paso del tiempo las envejece y las borra casi por completo, hasta que un nuevo texto ocupa su lugar.

 

Un retortijón inesperado me obliga a abrir los ojos. Temo perder mi visión.

 

  • Tranquilo, te espero.

 

Recorro por enésima vez el camino hacia el baño. La Luna asoma orgullosa por encima del bosque, esparciendo plata sobre las copas de los árboles. Las estrellas se estremecen y bailan la música amortiguada que atraviesa las paredes de la cúpula.

 

De regreso a la seguridad de mi manta ayahuasquera, la misma que me regalaron el día de mi primera comunión, cierro los ojos con la esperanza de que los antiquísimos textos vuelvan a mi mente. La oscuridad me hace temer que mi trance se ha esfumado. De pronto, un azul intenso se desata. Se disipa una bruma fangosa para descubrir que me hallo en el fondo de algún océano. Respiro. Me deslizo feliz y sin temor entre la fauna marina. La música entra en mí. Vibro con cada nota, con cada hallazgo en las profundidades. Juego con un caballito de mar que trata de ocultarse entre el coral, rojo brillante.

 

El coral explota esparciendo sus cálidos colores. El océano desaparece para llevarme a otro plano. Un lugar de formas anaranjadas y escarlatas.

 

Imagen de Luis Tamani

 

El lejano silbido de un chamán consigue que todo se estremezca, como hojas pardas arrastradas por el viento del otoño. Alzo mis brazos sin abrir los ojos. Ordeno con un gesto que una de las figuras se vaya. Bailo con las manos en alto y descubro que cualquier cosa que imagine, es posible. Disfruto modelando un universo entero de colores y formas.

 

Al finalizar una de las canciones, abro los ojos. Raquel despierta a los hombres para pedirles que se levanten. Ana y Jose se preparan para efectuar una limpieza. Sobre mi cabeza, sobre la de todos, me alegro de encontrar una fina red dorada. La mosquitera invisible que protege a todos y que indica sin lugar a dudas, que el trance ha trascendido, a mi manera de percibir el mundo exterior. Y doy gracias por ello.

 

Despojado de la camiseta, como un guerrero más, ocupo mi lugar en la hilera de hermanos que aguardan el inicio del rito.

 

Veo a Jose, trasformado en jaguar. Rostro oscuro, zarpas poderosas en lugar de manos. La misma metamorfosis, que recordaba de la última ceremonia. Percibo la maravillosa luz de Ana a mi espalda. Me cuidan y dan toda la serenidad que necesito, mientras uno a uno, se ocupan de nosotros. El mundo exterior cobra una nueva dimensión de partículas de colores. Cada ser, cada objeto, se reduce a cuadrículas diminutas, formadas por redes superpuestas. Soy capaz de ver a través de la carne, que se torna etérea.

 

Doy gracias de nuevo por el regalo y entonces, al mirar a mi izquierda ahogo un grito, cuando el parque de atracciones se transforma en un infierno. De alguna manera, soy capaz de ver aquello que enferma el espíritu. Un parásito azabache de forma cambiante se aferra a la nuca de algunos de mis compañeros y desprende un líquido oscuro. Lejos de caer como debería, el líquido se retuerce y toma la forma de una repugnante babosa, que corretea por el cuerpo de su huésped.

 

Aparto la mirada para poder respirar. Cierro los ojos y recibo la misericordia de una lluvia de colores. Me alivia. Por un momento, dudo si suplicar que me saquen del lugar donde me hallo. Sea cual sea. Entonces comprendo que no existe luz sin oscuridad, ni oscuridad sin luz.  Inspiro profundamente y me obligo a mirar de nuevo.

 

El terror deja paso a una inmensa tristeza. Veo el dolor en los rostros enfermos. Entiendo, por qué y para qué vinieron.

 

Justo en ese momento, Jose arranca de uno de los asistentes, una sombra antropomórfica. Un torso sin piernas, de rostro indefinido. Me entran arcadas y me veo obligado a separarme de los demás para vomitar.

 

Doy gracias por el respiro. De mi garganta no sale líquido, sino una liviana telaraña que cae y se entremezcla con las partículas cuadriculadas, en las que se ha transformado la bolsa de plástico. Casi tengo la certeza de que, tal y como hice con mi universo de colores cálidos, podría domesticar la materia.

 

A mi vuelta, afronto un nuevo exorcismo. A cada estirón de la pluma de buitre, Jose extirpa una sombra del mismo modo que un veterano estibador, cargaría un saco. Los tatuajes de sus brazos destellan en la semioscuridad, con el brillo sanguinolento del esfuerzo. Es un trabajo durísimo y me pregunto si ellos también ven lo mismo que veo yo.

 

Al llegar mi turno, me rocían las manos con un brebaje herbal de olor penetrante. Me piden que lo aspire con intensidad. Toco por accidente mi rostro y siento un terrible ardor en la piel. Trato de secarme con torpeza con el dorso de la mano. La cosa empeora cuando los vapores irritan mis ojos.

 

Pido permiso y me encamino hacia el baño. Incapaz de encontrar mis zapatos, me veo obligado a ir descalzo.

 

En el exterior, el bosque se ha trasformado en una jungla. Oigo el grito del águila sobre mi cabeza. El contacto con la naturaleza salvaje, alivia el dolor de mis visiones en la cúpula. Para mi sorpresa, el suelo se muestra clemente con mi falta de calzado, como si mis pies estuvieran acostumbrados a pisar sobre piedras afiladas.

 

Abro el grifo y siento un maravilloso alivio al contacto con el agua fresca. Me lavo la cara y un escalofrío me recorre cuando sé que debo mirarme al espejo. Temo descubrir en el reflejo una amorfa babosa recorriendo mi piel.

 

A pesar de la escasa luz que procuran las velas, la pulida superficie me devuelve un aspecto saludable. Aunque eso no remedia ni mi horror, ni mi dolor por lo vivido, dejo escapar un suspiro de alivio. Recorro con mis dedos la forma reflejada de mi rostro. Me amo más que nunca. Y me sorprendo por tener ese pensamiento egoísta.

 

En la cúpula, la limpieza está a punto de concluir. Ana y Jose nos dan las gracias por haber venido. El sonido de sus palabras es tan dulce, que por un instante dudo del horror de los momentos previos. Emito un balbuceo, que trata de contarlo todo y agradecer su titánico trabajo a un tiempo. Me sale a medias y dejo para más tarde el compartir mi trance.

 

Salgo a fumar un cigarrillo.

 

Sentada en uno de los escalones, está ella. La observo durante un siglo de dos segundos. Toda una eternidad de atrevimiento. Admiro la luz que desprende sin saberlo. Me decido con descaro a acariciarle la espalda. Se vuelve sorprendida y me sonríe. Nos abrazamos, felices por compartir la experiencia.

 

Las palabras surgen espontáneas. Casi por si mismas.

 

  • Eres una isla.
  • ¿Qué?

 

Trato de evadir la respuesta con una carcajada.

 

  • Cosas de guionista.

 

Ríe… pero insiste.

 

Le explico lo que he visto y lo agradecido que estoy de que ella exista. De que en medio de tanta oscuridad, tanto dolor, uno pueda refugiarse en los brazos de alguien tan luminoso.

 

Lo entiende. Me abraza de nuevo y el temor se disipa en mí como la niebla con la llegada del sol de mediodía.

 

Amanece…

 

Autor I.S.M.

 

Crónicas de un Guionista, audio.

 

 

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